—¿Hay otros más brutos todavía?

—¡Uf! ¡Ya lo creo! Ya ve usted, yo soy el Ninchi; no sé si habrá usted oído mi nombre en los periódicos, porque me han llevado algunas veces de quincena por blasfemo. Pues bien: hace un año me pescaron unos guardas subido a una tapia cogiendo fruta, y me dieron una paliza de órdago. Ya ve usted, me han dejado manco—y el Ninchi mostró el brazo anquilosado e inútil.

—Y, ahora, ¿no podrá usted hacer nada?—preguntó María.

—Nada. No sé cómo no me mataron. ¡Me dieron una de palos! Verdad es que yo soy más fuerte de lo que parezco.

—Pero es una salvajada—dijo Aracil.

—Así va España; así va esta desgraciada nación—saltó diciendo Musiú Roberto del Castillo.

—El Musiú es un sabio—dijo el Ninchi, con ironía; luego añadió—: Si nos dieran ustedes unas perras para tomar algo aquí—y señaló un ventorrillo—, nos harían un favor.

Aracil le dió unos cuartos al Ninchi, y éste y el Musiú quedaron en el ventorro, y el doctor y su hija siguieron su camino.

Arreciaba la lluvia, y los viajeros se desviaron de la carretera, y se encaminaron, por una senda, a un pueblo que se veía a poca distancia.