—Aunque se lo dijera no lo comprendería usted, buen hombre.
El doctor botó en la silla; hubiese entablado una discusión con el inventor del elixir, para reírse de él, pero tuvo prudencia, y dejó que el Musiú lo tomará por un palurdo y lo despreciara.
—También tengo unos polvos para el cáncer—agregó el inventor.
—Quizá de arsénico—repuso Aracil.
—¡Ca! Hombre, no diga usted disparates—y el Musiú se echó a reír a carcajadas—. El arsénico es un veneno, hombre.
—Pero un veneno puede ser medicina—argulló Aracil.
—¡Calle usted, hombre! ¡Calle usted!—replicó el Musiú—; vale más que no hable usted de lo que no entiende.
Aracil, picado con las contestaciones del viejo, se dirigió al joven, y le dijo:
—La verdad es que esos guardas son muy brutos y no saben tratar a la gente.
—Pues éstos son canela fina al lado de algunos otros.