Saludaron unos, contestaron los otros, y aunque Aracil no tenía ganas de entrar en conversación, no pudo rehuírla.
El cura era charlatán, y comenzó a hacer preguntas al doctor y a su hija; el joven del caballo negro no dijo nada.
Era el camino estrecho y tuvieron que marchar de uno en uno, en fila india, como decía el doctor. En algunos sitios, el camino estaba convertido en una acequia caudalosa.
—Pero esto, ¿cómo puede estar así?—dijo Aracil.
—Esto lo hacen para regar los prados—contestó el joven, que todavía no había hablado—; aquí los propietarios echan el agua por el camino, y así se evitan gastar en acequias.
—¡Qué barbaridad!
—Pues aquí ya se sabe—replicó el cura—; todo el mundo anda a la gabela, y el que puede más que nadie...
Llegaron a un sitio muy hermoso, al que daban sombra inmensos castaños y adornaban grandes adelfas, como canastillas de flores. El joven del caballo negro propuso que se pararan allí a comer; Aracil dijo que ellos tenían alguna prisa; pero, a las instancias del joven y del cura, no tuvieron más remedio que acceder y quedarse.
Se dió un limpión al terreno; se hizo fuego; el joven sacó su merienda, un vaso y un plato, que ofreció a María; el cura, una bota de vino y algunos fiambres, y Aracil, lo que había comprado en el pueblo. Después de comer, el cura fué partidario de que se tendieran un poco al sol, y, efectivamente, quitándose la sotana y poniéndola de almohada, se echó a lo largo entre la hierba, y se quedó dormido.
Aracil estaba impaciente por marcharse, y advirtió a María que se preparase.