—¿Qué, nos vamos?—preguntó el joven, como considerándose ya de la partida.
Aracil hizo un gesto involuntario, de contrariedad, y el desconocido, al notarlo, añadió, con tono melancólico:
—Si molesto, no digo nada.
—No, no—replicó Aracil—; de ninguna manera.
El caballero dió las gracias, y luego, de pronto, murmuró:
—Yo me llamo Álvaro Bustamante. A cualquiera que le pregunten ustedes en estos contornos les podrá abonar por mí.
—¡Oh, no lo dudamos!—dijo Aracil—. ¿Es usted de esta tierra?
—Sí; soy hijo—siguió diciendo el joven—de una familia de Jarandilla, donde mis padres tienen una casa antigua.
—Y qué, ¿son ustedes agricultores?—preguntó Aracil.
—Sí; tenemos viñas, ganado, molinos, una fábrica de aguardiente...