—¡Vaya! Entonces son ustedes ricos—saltó diciendo María.
—Sí...; pero eso no quita para que seamos unos desdichados y arrastremos una vida horrible.
—Pues, ¿qué les pasa a ustedes?—preguntó, con interés, la hija del doctor.
—¿Qué nos pasa? Lo que le digo a usted: que somos unos desdichados. La verdad es que los extremeños han caído mucho; desde el antiguo García de Paredes hasta el García de Paredes del crimen de Don Benito, hay todos los grados de la degeneración.
—Pero, ¿usted no habrá matado a nadie?—dijo María, con un terror cómico.
—No, no se alarme usted—contestó, sonriendo, el joven don Álvaro—; mi desdicha no es ser un bruto, sino no tener energía para nada. Yo, y lo mismo mis hermanos, somos víctimas de mi padrastro. Mi padrastro es un hombre de energía extraordinaria. Era en el pueblo secretario del Ayuntamiento, y se casó con mi madre, una viuda con tres hijos, la persona más rica de Jarandilla. Mi madre es una mujer dulce, amable; entonces vivía una temporada en el pueblo y otra en Madrid. Se casó, y comenzó la dominación paternal. Lo mismo ella que mis hermanos quedamos reducidos a nada. Mi padrastro es terrible; él lo dirige todo. Se levanta temprano, se acuesta tarde; está siempre trabajando con un afán de poseer, de extender sus propiedades, de apoderarse de todo. Según él, nosotros no debemos trabajar. Mi hermano y yo hemos tenido intentos de libertarnos, pero no hemos podido; fuimos a Madrid con intención de hacernos independientes, y nada. Ahora quiere mi padrastro que mi hermano sea diputado, y lo conseguirá.
—Pero, entonces, a ustedes les quiere bien—dijo María.
—Sí; pero nos ha matado; ha acabado con la poca energía que teníamos, y nos estamos pudriendo en la vida pantanosa de un pueblo de éstos.
—Y, ¿por qué no se va usted?—preguntó Aracil.