—Eso estoy pensando siempre, en marcharme; pero no a Madrid, ni a París, sino a Australia, a Nueva Zelanda, a tierras jóvenes, donde haya una vida intensa.
—Y ¿está usted decidido?
—Sí; pero cuando maduro mi plan y voy a realizarlo, veo que no tengo voluntad, que mi voluntad está muerta... Y luego me retiene ver a mi madre, que es toda ternura para nosotros, y que con una mirada adivina mis más íntimos pensamientos. Crea usted que me odio a mí mismo.
El joven hablaba con fuego, a la vez que con desaliento.
El doctor y su hija le contemplaban con curiosidad, mezclada de simpatía.
—Yo, como usted—dijo Aracil—, no tomaría ninguna determinación heroica, sino inventaría una chifladura: hacer versos, coleccionar sellos o piedras... Las cosas pequeñas son como las cuñas: pueden servir para afirmar el deseo de vivir.
En esto, el cura, que dormía de cara al sol, hizo un movimiento brusco y se despertó:
—¿Qué hacemos?—dijo.
—¿Vamos?
—Vamos allá.