Montaron a caballo y se dirigieron los cuatro hacia Candeleda.
La sierra de Gredos se erguía a la derecha, alta, inaccesible, como una inmensa muralla gris, sin un caserío, sin una mata, sin un árbol en sus laderas pedregosas ni en sus aristas pulidas, que brillaban al sol. Se hubiera dicho que era una ola enorme de ceniza, calcinada, quemada, rota; una ola que, en la obscuridad de lejanas edades geológicas, formó, al petrificarse la sierra. Alguna nieve blanqueaba la cresta dentellada del monte, y parecía la espuma de la inmensa ola de granito. El aire era diáfano, limpio, luminoso, como el de un mundo nuevo acabado de crear; sobre las crestas de la sierra era de un azul intenso y radiante. Algún águila, volando suavemente a inmensa altura, trazaba, en la limpidez del aire, grandes y majestuosas curvas; a la izquierda, hacia abajo, brillaban al sol los campos verdes, surcados por las líneas obscuras de las lindes, los bosquecillos de árboles frutales y los cerros cubiertos de jara y de carrascas.
Otra vez el camino estaba convertido en acequia, y los caballos se hundían en la corriente. Las libélulas volaban rasando el agua.
—Esto es un escándalo—dijo Aracil.
—Sí; ciertamente que lo es—contestó don Álvaro—. Aquí los propietarios acotan campos y montes, quitan los caminos, pero no hacen nada por los pueblos. Regiones extensísimas, dehesas en las que podían vivir miles de personas, están sin roturar. Los propietarios las guardan para la caza y la ganadería. ¡Y si ya que se llevan el fruto del trabajo de los demás hicieran algo! Nada. Aquí tiene usted esta parte de la vera, naturalmente fértil, sana; pues la gente se muere, como chinches, de las fiebres.
—Y ¿de qué procede eso?—preguntó el cura.
—Procede de que en todos estos pueblos—contestó don Álvaro—hacen balsas para que se bañen los cerdos, y esas balsas se llenan de mosquitos, que son los que propagan las fiebres. Esa agua limpia que viene de la sierra se estanca y se convierte en un pudridero. ¡Y en España con todo pasa lo mismo!
—Es verdad—afirmó Aracil—. ¡Cuánta corriente limpia en su origen se estanca y se convierte en una balsa infecciosa!
Don Álvaro prosiguió diciendo: