—Es que todo lo que pasa en nuestro país en el campo es de una infamia y de una injusticia tal, que se comprende que no quede un español pobre, que todos emigren y se vayan cuanto antes de este indecente país. Porque aquí lo que pasa es que el Estado ha abdicado, ha dejado todas sus funciones en manos de unos cuantos ricos. Aquí se permite que el propietario tenga guardas matones que lleven su escopeta y su canana llena de balas; es decir, que, para guardar sus viñas, pueden abrir el cráneo a cualquier infeliz que vaya a robar uvas; aquí se ponen cepos y veneno en las propiedades; aquí se entrega a la Guardia civil, y se les lleva a presidio, a pobre gente que coge un haz de ramas secas o un puñado de bellotas. Y luego, esos ricos, que, además de miserables, son imbéciles, no son para poner unos cuantos eucaliptos ni para sanear un pueblo. Nada. La avaricia y la bestialidad más absoluta. ¿Es que no hay más derechos que el derecho de propiedad en el mundo?
—Sí; este estado de cosas no puede subsistir—dijo el cura—; yo también estoy con usted y con la gente del campo. Soy hijo de labrador, y, la verdad, ya no se puede vivir en España.
—Y en Andalucía—siguió diciendo don Álvaro—es aún peor. Hay ricos que tienen dehesas y cotos enormes. Allí viven los venados y los jabalíes donde podrían vivir los hombres.
—Ya entrarán los hombres algún día en esos grandes cotos—dijo Aracil.
—¿A qué van a entrar?—preguntó el cura—. ¿A cazar jabalíes?
—No. A cazar a los propietarios—replicó el doctor.
—Se echaron a reír todos, tomándolo a broma.
—¿Y usted cree que antes la gente de los pueblos viviría mejor o peor?—preguntó María.
—Mejor, mucho mejor—dijo don Álvaro—. Antes, estas dehesas y grandes propiedades eran de los conventos. Los frailes vivían en el campo y, poco o mucho, ayudaban a los campesinos. Pero ahora no pasa eso; todas esas propiedades, procedentes de la venta de bienes nacionales, son de particulares. La desamortización hubiera sido una gran cosa entregando las propiedades a los Ayuntamientos. Eso era lo justo y lo liberal. Lo que se hizo, además de injusto, ha terminado en medida reaccionaria. El papa excomulgó a quien comprara bienes de la Iglesia; pero la gente se ríe de las excomuniones cuando hay dinero detrás, y unos cara a cara y otros por debajo de cuerda, compraron esas propiedades por unos cuantos ochavos, y hoy están en manos de unos cristianísimos propietarios, que son más despóticos que los frailes, más fanáticos que los frailes y más enemigos del pueblo que los frailes.
—Eso es verdad—dijo el cura.