—Añada usted—prosiguió don Álvaro—a la desamortización religiosa la civil, y que el Estado vende a los pueblos sus montes y sus tierras, y que en algunas aldeas, estando enfrente de pinares que fueron antes del pueblo, hoy no se puede coger ni un pedazo de tea para la lumbre. Y cada día la vida más difícil; porque esta propiedad particular aumenta, y el registrador sobornado y el alcalde cómplice permiten que el propietario extienda sus dominios y tome hoy un trozo y mañana otro del baldío del pueblo, y el pueblo agoniza y la gente se va, y hace bien.

—¡Qué desdicha!—exclamó María, a quien esta conversación entristecía.

—Eso traerá, a la larga, una revolución en España—dijo el cura.

—Y será lógica—exclamó Aracil—. En un país en donde la propiedad es tan brutal, tan agresiva y tan ignorante como aquí, la revolución debía estar ya triunfante.

—Ahora germina—repuso don Álvaro—. Usted no sabe el ambiente de ira y de protesta que hay en los pueblos españoles. Eso, en Madrid, no lo saben; porque en Madrid no se enteran de nada; allí creen que no se discurre mas que en el Congreso y en los periódicos. Y en los pueblos se discurre, se comenta, se odia al ejército, se odia la ley inicua, y se quiere vivir y trabajar.

—Y esa protesta, ¿cómo no sale a la superficie?—preguntó Aracil.

—¡Es tan difícil hoy! Luego la protesta se amortigua con la emigración. La gente más inteligente se embarca y se marcha a América. Nuestros hombres han servido durante cuatro siglos para trabajar tierras extrañas; en cambio, han dejado abandonada la nuestra. La gente fuerte se va, los débiles se quedan, y los cucos se marchan a Madrid, y desde allí corrompen más el pueblo.

—¿Es usted enemigo de Madrid?—preguntó María.

—Soy enemigo de las ciudades grandes, del lujo y de la propiedad. Creo que el dinero está pudriendo nuestra vida. Los españoles debíamos vivir como lugareños, porque nuestro país es pobre. Yo muchas veces he pensado que un rico que fuera infectando con microbios de la peste y del tifus todo el papel del Estado y todos los billetes que pasaran por sus manos, sería un hombre benemérito.

—Y sin dinero, ¿cómo íbamos a vivir?—dijo María.