—Viviríamos en el campo. Esparciríamos la vida que se amontona en las ciudades por los valles y los montes, haríamos la propiedad de la tierra común a todos, y así podríamos vivir una vida limpia, serena y hermosa.
—¿Y los teatros?—preguntó María.
—Al aire libre.
—Es usted muy radical—dijo el doctor, sonriendo—. Más que radical, anarquista.
—No me asusta la palabra, la verdad...; pero no creo en el anarquismo, al menos en el anarquismo actual.
Charlando así y andando al paso, cruzaron por Candeleda. A media tarde, el calor se hizo sofocante; el cielo tomaba un tinte blanquecino y la sierra de Gredos parecía negruzca. Era aún temprano y quisieron llegar a Madrigal, y entretenidos en la conversación, siguieron adelante, hasta que de pronto don Álvaro dijo:
—Pero éste no es el camino de Madrigal.
—¿No?—preguntó el cura.
—No. ¿Quién ha dicho que viniéramos por aquí?