—Nadie—contestó Aracil—; yo les he visto que tomaban por este camino y me he figurado que lo conocían.

—Bueno. Es lo mismo—repuso el cura—; por todas partes se va a Roma.

—Sí; pero no por todas partes se va a Madrigal—replicó don Álvaro.

Pasó un carro; preguntaron al carretero adónde llevaba aquel camino, y el carretero dijo que no terminaba en ningún pueblo, sino en la ermita de Nuestra Señora de Chilla.

—¿Y se puede pasar la noche allá?—preguntó el cura.

—Sí, hay una casa. La casa del santero.

—Pues vamos allá—dijeron los cuatro.


XXI.
NUESTRA SEÑORA DE CHILLA