Iban haciendo el camino de Candeleda a Nuestra Señora de Chilla por una tierra hermosa y llena de grandes árboles.
Caía la tarde; el cielo se despejaba y se hacía más puro. A veces, Gredos parecía un monte diáfano, translúcido; un cristal azul, incrustado en el azul más negro del horizonte.
Habían dejado su conversación de asuntos trascendentales, y don Álvaro, muy divertido y alegre, charlaba con Aracil y su hija y bromeaba con el cura, que tenía la respuesta pronta y era socarrón y amigo de burlas.
El haberse perdido en el camino lo tomaban a broma todos, menos los caballos, ya cansados con la caminata; y el burro que montaba el cura, apabullado con el peso de la paternidad que llevaba encima, marchaba jadeante. Don Álvaro, que le vió así, dijo en tono de chunga:
El burro de fray Pedro,
Dios le bendiga;
corre más cuesta abajo
que cuesta arriba.
Y el páter, contoneándose, contestó: