Para cuestas arriba

quiero mi burro,

que las cuestas abajo

yo me las subo.

Se echaron a reír todos del desenfado del páter, y don Álvaro le dijo:

—Para mí que usted es un hombre terne, padre.

—Y bien—replicó el cura—. ¿Por qué no? A lo que vamos, vamos, amigo.

—¿Quiere que le preste mi caballo?

—No, señor; va usted bien en él. Ahora me bajaré un ratito, para que el burro pueda descansar.

Siguieron andando. Iba anocheciendo. El crepúsculo era de una diafanidad ideal, el cielo parecía de ópalo; luego se hizo anaranjado, con nubes de color de rosa, y más tarde quedó rojo, como un mar de sangre sembrado de islas de oro.