No se veía aún la ermita. María, algo impaciente, metió su caballo por un camino de cabras que pasaba entre chaparros y lentiscos y se dividía y subdividía hasta llegar a lo alto de un cerro, y desde allá columbró, a la ya muy escasa luz del crepúsculo, una casa blanca, que debía ser la ermita, rodeada por tupidas masas de árboles.
Aracil, el cura y don Álvaro vieron a lo lejos destacarse la silueta gallarda de María. El horizonte rojizo iba ensombreciéndose, y en el fondo se presentaba el paisaje heroico, formado por montes ya obscuros, bajo un cielo fosco y amenazador.
Volvía la muchacha de nuevo al camino.
—¿Qué se ve?—le preguntó su padre.
—Estamos a poca distancia.
—Bueno—dijo el cura—; entonces metamos un repelón a los jacos, y ¡hala, hala! por esos caminos, que estamos cerca y se va haciendo tarde...
Comenzaron a brillar las estrellas en el cielo azul purísimo. El aire iba viniendo en soplos fríos, impregnados de olor a monte; el follaje de los árboles temblaba y la hierba se inclinaba en oleadas con las ráfagas de viento. Se acercaron a la ermita por entre dos filas de álamos. Un mochuelo descarado, inmóvil en la rama de un pino, con la cabeza como dislocada, les contempló con curiosidad, y al ver aproximarse a aquellos intrusos, echó a volar rápidamente. La noche dominaba e iba dejando más aromas en el aire y más frescura en el viento. El campo se hundía en un sueño de tristeza. Poco después, una campana, con un son agudo, derramó sus notas de cristal en el ambiente silencioso...
Entraron en casa del guarda de la ermita y se metieron en la cocina. Don Álvaro y el cura traían algunas provisiones y comieron al lado de la lumbre, en compañía del doctor y de su hija, a la luz de la llama del hogar y de las rajuelas de tea que ardían sobre una pala de hierro.
El santero, un viejo idiotizado por la soledad en que vivía, hablaba muy de tarde en tarde, y dijo que, entrada la noche, iban a tener fiesta unas leñadoras que andaban recogiendo leña en el monte.
A eso de las nueve se fueron presentando en la cocina una porción de muchachas desgarbadas, feas, negras, la mayoría sin dientes, en compañía de unos mozos que, a quien más y a quien menos, se les hubiese podido tomar por un gorila. Parecían, al entrar en la cocina estos mozos y mozas, un rebaño de animales salvajes; en su compañía iban dos viejas horribles, una alta, seca como un sarmiento, arrugada y sin dientes, llamada la tía Calesparra, y otra pequeña, encorvada y negruzca, a la que decían la Cuerva.