La presencia del cura les impuso un poco de respeto a estos tipos selváticos, que miraron a don Álvaro, y sobre todo a María, como si fuesen criaturas caídas de la luna.
Entre los mozos había uno con las trazas de un verdadero chimpancé. Era grueso, membrudo, los brazos largos, la nariz chata y los ojos brillantes; iba con una barba espesa, de seis o siete días, que parecía formada de pinchos; tenía las cejas negras y el labio colgante. Se llamaba Canuto, y era porquero. Las leñadoras jugaban con él, y él las intentaba agarrar y decía:
—¡Indina! Si te cojo en el monte, ya verás, ya.
—Este es algún medio tonto—le dijo Aracil al cura.
—Sí, tonto—replicó el cura—. Métale usted el dedo en la boca. Este lo que tiene es más picardías que una mula falsa.
Algunos mozos habían quedado fuera de la casuca del santero, y dos o tres de ellos entraron en la cocina a preparar los instrumentos de música para el baile, consistentes en una caldera, que golpeaban con un palo, y una zambomba formada por una piel de carnero clavada muy tensa en una corteza cilíndrica de alcornoque.
Cuando ya estuvieron arreglados los toscos instrumentos, salieron todos al raso de la ermita, sujetaron entre piedras unas teas, que echaban más humo que luz, y comenzó el baile, que tenía el aspecto de una danza de hombres primitivos en el fondo de un bosque virgen.
La luz de las teas manchaba de claridades rojizas el rostro de los bailarines y daba a la escena un aspecto fantástico.
Un mozo que se sintió burlón, cogió de la cocina una sartén, y haciendo como que se acompañaba con la guitarra, cantó unas tonadillas extrañas, y luego hizo cantar a Canuto y a la tía Calesparra.