—No parece que estemos en un país civilizado—dijo don Álvaro.
—Es posible que no lo estemos—replicó, humorísticamente, Aracil.
—La verdad es que choca—añadió María—que cerca de aquí haya trenes, y telégrafo, y luz eléctrica...
—Nos encontramos en este momento en plena edad de bronce—agregó don Álvaro.
—¡Ca, hombre!—dijo el doctor—. Canuto no ha llegado al período cuaternario. Yo estoy seguro de que todavía siente la nostalgia de andar a gatas.
Estuvieron contemplando el baile durante algún tiempo.
La fiesta no tenía grandes atractivos, y María y Aracil, seguidos de don Álvaro, se apartaron un poco del raso de la ermita. La luna llena brillaba, redonda y blanca, sobre la montaña. Ni un soplo de aire turbaba la serenidad del éter; la calma reinaba en el cielo y en la tierra; todo parecía reposar en un silencio solemne; los árboles y las rocas se dibujaban con claridad a la luz lunar, y la sierra de Gredos se erguía entre blancas brumas azuladas.
—¡Qué hermoso!—dijo María.
—Es extraño—añadió don Álvaro.
—La ermita, desde aquí, con sus paredes blancas, tiene un aire mágico—añadió el doctor.