Una vez María fué a casa de su abuela y se la encontró en el sillón, con la cabeza reclinada en el respaldo y el pañuelo sobre los ojos. Al ver a María, la vieja quiso inclinarse para besarla, y no pudo.

—¡Abuelita!—dijo la niña.

—¿Qué?

—¿Estás mala?

—No. Es que tengo sueño.

Al día siguiente, el padre de María no estuvo ni un momento en casa; luego recibió muchas visitas y se puso una corbata negra. A María le dijo que su abuelita había ido a hacer un largo viaje.

María tendría siete años, y no sospechó ninguna otra cosa. Se aburría en casa y preguntaba todos los días a su padre:

—Papá, ¿cuándo viene la abuelita?

—Ya vendrá; no tengas cuidado, ya vendrá.

Pronto notó María que a su padre le molestaba la pregunta, y fué presentándose ante su imaginación la idea, cada vez más clara, de la muerte de su abuelita. Vaciló en preguntárselo a su padre, y al fin, con timidez, le dijo: