A veces, una ráfaga de aire viene empapada en lluvia; después cambia el viento y gime y suspira con una hipócrita mansedumbre.

En algunos instantes la nave parece cansada; se cree sentir que la hélice se hinca con menos fuerza en el agua; pero luego, como con una decisión súbita, se agita el barco, tiembla, con un estremecimiento de todas sus paredes, y se lanza a hendir las olas obscuras, mientras la máquina zumba sordamente, y un silbido agudo, seguido de una nube de humo, sale de la chimenea.

Como esos pájaros de presa audaces y soberbios que revolotean entre las aguas irritadas y amenazadoras, y levantando el vuelo y lanzando un grito estridente, se pierden en la niebla, así marcha el Clyde sobre el mar de los ruidos tempestuosos.

María respira como un hálito de vigor, de energía, al sentirse volar como una flecha en medio de la obscuridad y de las olas.

Vuelve a la cámara, en donde se ha refugiado su padre; las luces eléctricas, colgadas del techo, oscilan suavemente. Aracil, pálido, demacrado, envuelto en una manta, con la cabeza más baja que los pies, permanece inmóvil.

—Mañana—dice María—estaremos en Londres.

Y Aracil, postrado por el mareo, hace un gesto de indiferencia.

FIN