Se detuvo el coche, y entraron los tres, de prisa, en el barco. Era el Clyde. Se les presentó un marinero, envuelto en un impermeable. El secretario llamó a un empleado del barco, que indicó sus camarotes a María y a su padre. Luego el secretario se despidió afectuosamente de ellos y los dejó solos.


XXXI.
EN EL MAR

María ha salido sobre cubierta a respirar el aire de la noche.

El Clyde marcha a toda máquina, en medio de una obscuridad densa.

El cielo está cerrado y sin estrellas; las olas sombrías se agitan como una manada confusa de caballos negros, y van y vienen en el misterio del mar.

En medio de las tinieblas de este abismo caótico de agua y de sombra, María respira con fuerza y se siente segura y tranquila. El aire salobre le azota el rostro con ráfagas impetuosas; silba el viento, y las olas, cargadas de espuma, parecen cantar y quejarse en los costados del buque.

La hélice se hunde en el agua; las máquinas retiemblan, y estos rumores roncos son como burras de triunfo, voces atronadoras de un dios padre y protector de la civilización, bastante fuerte para vencer las cóleras del viento unidas a las cóleras del mar.

De cuando en cuando, la sirena del Clyde lanza un aullido formidable en medio de la negrura de la noche, y se oyen a lo lejos, muy amortiguadas por la distancia, las señales de otros barcos que pasan.