Pensaba en los incidentes del viaje a pie, que en pocos días tomaban en su imaginación la vaguedad de recuerdos lejanos, interrumpidos por impresiones de una extraordinaria viveza.

La rotura brusca de la vida normal le había modificado del tal manera las perspectivas de las cosas y de las personas, que la vida suya, la de su padre y la de su familia, las encontraba distintas a como las había visto siempre.

El joven del sobretodo gris se puso a hablar con el doctor y con el secretario del inglés. Este joven, elegante, era un portuguesillo un tanto finchado, que hablaba español muy bien; dijo que era diputado conservador y partidario de la dictadura. Tenía a gloria el ser amigo de todas las bailarinas y cantaoras de Madrid y de Sevilla.

María, a quien no interesaba gran cosa la conversación del diputado, salió al corredor del tren. Había obscurecido ya; por delante de la ventanilla pasaban rápidamente los árboles y casas. Estaba lloviendo. El tren rodaba, con un ritmo monótono, por el campo.

De tarde en tarde se detenía en una estación solitaria; se oía un nombre, pronunciado de una manera lánguida; se veía a la luz de unos faroles un paseo con unas acacias, que lloraban lágrimas sobre el asfalto del andén, y seguía la marcha.

María estaba impaciente, ansiando llegar. Se puso a leer los anuncios colocados en el pasillo del vagón; eran casi todos de hoteles y casinos de esos pueblos cuyo nombre sólo da una impresión de fiesta y placer: Niza, Ostende, Montecarlo, Constantinopla, El Cairo...

Paseó María de un lado a otro del largo vagón, y se detuvo al oír hablar castellano a dos señoras. Le parecía que hacía ya un tiempo largo que no había oído su lengua.

Entró de nuevo en el coche; el diputado, el secretario del inglés y Aracil, seguían charlando de política.

Serían las once de la noche cuando se comenzaron a ver las luces de Lisboa; brillaban los focos eléctricos en el aire húmedo; se pasó por delante de una avenida iluminada. Llegaron a la estación, bajaron en un ascensor hasta una calle, tomaron un coche, y el secretario indicó al cochero dónde debía pararse.

Llovía a chaparrón. Cruzaron entre el diluvio, que convertía las calles en torrentes, y fueron por la orilla del río hasta un muelle, en donde pararon. Los fanales eléctricos de un barco brillaban y se balanceaban en los palos como estrellas. Un farol rojo iba y venía por la cubierta.