—Sí; ese es de los pocos sencillos de aquí... Y es curioso, es anarquista.

—¿Sí?

—Sí. La otra noche, paseando por la plaza, me decía, con cierta pena: «En Portugal no habrá nunca anarquistas. Este es un pueblo blando e indolente. En España hay más viveza, más fibra», añadía él. Y es verdad. Son tipos lánguidos que parecen criollos, sin la exasperación de los americanos. Es una gente de sangre gorda, que no tiene nada dentro.


XXX.
SE VAN

A las tres semanas de estar en el pueblo, el minero inglés les dijo que había recibido la noticia de que un barco, el Clyde, saldría al día siguiente de Lisboa para Londres, sin parar en ningún puerto de España. Además, convenía que se fueran, porque en el pueblo se comenzaba a hablar mucho de ellos, lo cual podía ser peligroso.

Se decidieron; el minero les entregó una carta de Gray para un hotel-pensión de Londres, y ordenó a su secretario que les acompañara a Lisboa y les dejara instalados en el vapor.

Después de almorzar, salieron los tres en coche, y cruzaron durante una hora por entre pinares. El cielo estaba nublado, amenazando lluvia.

Llegaron a la estación, esperaron una media hora, y tomaron el sudexprés. El mozo del tren les hizo pasar a un departamento, en el cual iba solo un joven de quevedos y sobretodo gris, María se acurrucó en un rincón y cerró los ojos.