—Sí. Es cómico.

—Y luego, ¡qué sentimentalismo! ¡Esta gente está degenerada! El otro día, el inglés despacha al mozo de cuadra, y el mozo empieza a llorar; por la noche, riñe a la cocinera, porque ha quemado la comida, y a la mujer se le saltan las lágrimas... Es grotesco.

—Sí; debe ser una gente sentimental.

—Este es un pueblo elegíaco, como el pueblo judío. ¡No hay mas que oír esos fados tan tristes, tan lánguidos!

—Pero, a pesar de todo, se parecen mucho a los españoles.

—¡Ca! ¡Díselo a ellos, que aseguran ser de distinta raza! Ellos encuentran una serie de diferencias físicas y psicológicas entre los portugueses y los españoles. Dicen que son más europeos, más cultos, y es posible; que saben francés, que nosotros somos más brutos, lo que también es muy posible; que son más sociables, también debe ser cierto. Lo que es indudable es que no hay simpatía entre nosotros y ellos.

—Sí; eso es verdad.

—Y no puede haberla. Estos son ceremoniosos, hinchados, siempre petulantes; nosotros, malos o buenos, somos más sencillos.

—Pues el doctor Duarte, que ha venido a visitarme a mí, me ha parecido una persona sencilla.