Cuando María comenzó a levantarse, Aracil tuvo que guardar cama unos días. El doctor Duarte, el médico del pueblo, le recomendó que se pasara el día en el campo, porque se encontraba débil y neurasténico.

María, en la convalecencia, estaba encantadora, perezosa, sonriente, lánguida como una niña. Nadie hubiera supuesto en ella una mujer enérgica y atrevida. Vivía sin salir de casa; la ventana de su cuarto daba a una llanura verde de viñedos y maizales, cerrada en el fondo por unas colinas, sobre las cuales parecía marchar, como una procesión fantástica, una larga fila de cipreses, que terminaba en el cementerio.

Solía sentarse María al lado del cristal, y conversaba con la criada, una muchachita del país, de un tipo oriental o judío.

Se entendían bien, hablando una portugués y la otra castellano, y simpatizaban hasta cierto punto, aunque María notaba que la portuguesa tenía un sentimiento de hostilidad por los españoles. Contaba la muchacha que, en Lisboa, la mayoría de los ladrones, chulos y perdidos eran españoles. María le replicaba que en todas partes había mala gente, pero la otra no se daba por convencida.

La nota contraria a la de la muchacha la daba Aracil, a quien el minero había presentado a sus relaciones como un ingeniero francés que venía a visitar las minas. El doctor se dedicaba, cuando hablaba con María, a satirizar a la gente del pueblo.

—Esta es la tierra ideal para los vanidosos—le decía.

—¿Por qué?

—Porque aquí todos somos vuecencias y excelencias y excelentísimos señores. ¡Qué gente más petulante!

—En España también hay algo de eso—replicaba María.

—Sí, en el papel. ¿Tú has visto alguna vez que los españoles nos tratemos de excelencia? ¡Y esos tratamientos son tan cómicos algunas veces! El otro día le faltaban al director los partes de la mina, y anduvo buscándolos como loco; por fin, entró en la cocina, donde el muchacho que los trae estaba comiendo, y vió los partes en el suelo, entre basura y cáscaras de patata: «¡Mira dónde están los partes!», gritó el director con voz de trueno; y el chico se levantó, se sacó el sombrero, y dijo, cachazudamente: «Sí; los tenía ahí para dárselos a Su Excelencia». Yo, que presencié la escena, no pude contener la risa.