—¿Y qué os parece de este matrimonio? Vamos a ver cosas buenas en España.
—Yo creo que no pasará nada—aseguró Aracil.
—¡Qué sé yo! Hay un dato que a mí me intriga.
—¿Y es?—preguntó María.
—Es, con vuestro perdón, que el urinario que hay en la calle de la Beneficencia, delante de la capilla protestante, lo van a quitar.
—¿Y eso qué importa?—dijo, riendo, María.
—Mucho. Eso indica que los protestantes empiezan a tener fuerza. Ahora quitan el urinario, mañana quitarán la fe católica. El catolicismo va a marchar mal. ¡Una reina que ha sido protestante! Es grave. La verdad es que los reyes son siempre muy religiosos, pero, cuando les conviene, cambian de religión como de camisa. A nuestra aristocracia, tan católica, no le gusta nada la boda, y doña Dientes debe estar que echa las muelas.
—Eres un fantástico, Iturrioz—murmuró Aracil, que hojeaba un periódico de la noche.
—No; soy un hombre previsor.
—¡Bah!