—Si esperan que yo haga algo—dijo Aracil, cuando se vió solo y se sintió frío y prudente—, están divertidos.

Al cabo de algún tiempo, María recibió una carta de Brull, fechada en París, una carta larga, inquieta, exasperada y artística. Terminaba diciendo: «Alguna vez oirá usted hablar de mí. ¡Adiós!»

—¡Adiós!—dijo María, y rompió la carta con disgusto. Aquella gana de tomar la vida siempre en trágico le molestaba. Además, creía que Nilo Brull, sobre ser desagradable y antipático, era un farsante.


VII.
EL FINAL DE UNA SOCIEDAD ROMÁNTICA

La víspera de la fiesta, por la noche, el doctor Iturrioz fué a casa de Aracil; se sentó en su butaca, paseó la mirada por el cuarto, y, después de hacer la observación, que no olvidaba nunca, de que Aracil y su hija vivían muy bien, pidió a María una copa de coñac.

—¡Ah! ¿Pero puede usted tomar alcohol?—preguntó María, riendo y levantándose para servirle la copa.

—Hoy sí. Hasta el veintiuno de junio. Desde el veintiuno de junio en adelante no tomaré ya alcohólicos hasta el año que viene.

Luego, con la copa en la mano, dijo: