Un día, Brull presentó al doctor Aracil dos compañeros que venían de Barcelona: el señor Suñer, catalán, y una señorita rusa.
El señor Suñer, hombre de unos cincuenta años, de figura apostólica, se creía un lince y era un topo. Quería hacer propaganda libertaria, y todo el que le oía renegaba para siempre del anarquismo. Completamente vulgar y completamente hueco, el señor Suñer se disfrazaba de santón del racionalismo, y los papanatas no notaban su disfraz. Como era rico, el buen señor se daba el gustazo de publicar una pequeña biblioteca, escogiendo, con un criterio de galápago, lo más ramplón y lo más chirle de cuanto se ha escrito contra la sociedad.
El señor Suñer intentaba demostrar en su conversación que, como crítico de los prejuicios sociales, no tenía rival, y lo único que demostraba era cómo pueden ir juntos, mano a mano, la pedantería con el anarquismo. Hacía este Kant de la Barceloneta los descubrimientos típicos de todo orador de mitin libertario. Generalmente, esos descubrimientos se expresan así: «Parece mentira, compañeros, que haya nadie que vaya a morir por la bandera. Porque, ¿qué es la bandera, compañeros? La bandera es un trapo de color...» El señor Suñer era capaz de estar haciendo descubrimientos de esta clase días enteros, sin parar.
La bandera es un trapo de color, la Biblia es un libro, las armas sirven para herir o matar, etc., etc. El señor Suñer era un pozo de ciencia y de profundidad. La señorita rusa era una judía que iba rodando por el mundo en busca de un nombre que explotar. Esta señorita, fea, vanidosa, petulante, sin inteligencia, tenía aire doctoral, cara de mulato, color de dulce de membrillo y lentes.
Aracil habló con Suñer y con la señorita rusa, y discutieron acerca de la acción directa. La judía decía que, con el tiempo, los anarquistas rusos se darían la mano, por encima del Rhin, con los italianos y los españoles.
El señor Suñer pidió un libro a Aracil para su biblioteca; un libro pequeño, de consejos médicos.
—Esto no le hace a usted solidario con nosotros—dijo Suñer.
—Lo soy. Donde otro vaya iré yo.
Suñer, Brull y la rusa estrecharon con fuerza la mano de Aracil. Era un pacto, un compromiso solemne y teatral, al que no le faltaba mas que música.