Aracil estimaba mucho a Nilo Brull, y María llegó a creer que le tenía miedo. Un día, el doctor vino por la noche un poco alarmado.
—Esta tarde ese Brull me ha hecho pasar un mal rato—dijo.
—Pues ¿qué ha ocurrido?
—Estaba yo a la puerta del Suizo, hablando con Brull, cuando se para delante, en su coche, el marqués de Sendilla. «¿Tiene usted algo que hacer ahora?», me ha dicho. «Nada, hasta las siete.» «Pues suba usted y daremos un paseo.» «Es que estoy con este amigo.» «Pues que suba su amigo también.» Hemos subido y hemos ido a la Casa de Campo. La tarde estaba magnífica. De repente, se cruzan en el camino el rey y su madre en coche, y da la coincidencia de que se paran delante de nosotros, y le veo a Brull, con una mirada extraña, que se lleva la mano al bolsillo del pantalón como buscando algo. ¡He llevado un rato! El marqués no lo ha notado. Hemos seguido adelante, y, a la vuelta, el marqués nos ha dejado en la Puerta del Sol. Al bajar del coche le he dicho a Brull: «¡Me ha dado usted el gran susto!», y él se ha reído, con esa risa amarga que tiene, y ha dicho: «Yo no soy cazador como él. Respeto la vida de los hombres y la de los conejos.» Pero, ¿qué sé yo? Tenía una expresión rara.
—Lo que debías hacer es no andar más con Brull.
—Sí, sí; es lo que haré. En la Casa de Campo he visto a Isidro, el guarda, el padre de aquella chica que curé en el hospital.
—¡Ah, sí!
—Me ha saludado con gran entusiasmo. Es una buena persona.
—Pues tiene todas las trazas de un bandido.
—Sí, eso es verdad; sin embargo, yo creo que ese hombre haría por mí cualquier sacrificio.