—No, no. Es un hombre desgraciado, que no tiene simpatía, pero es un cerebro fuerte. Su historia es muy triste; parece que su madre es una señora rica de Barcelona que tuvo un hijo, fuera del matrimonio, con un militar vicioso y perdido, mientras el esposo de esta señora estaba en Filipinas, y al hijo lo tuvieron en el campo y luego lo educaron en un colegio de Francia. Y ahora los hermanos de Brull son riquísimos, y él vive de una pensión modesta que le dan por debajo de cuerda.

—De manera que se ha hecho anarquista por envidia.

—No, no. Eres injusta con él. Brull es un hombre de ideas. Parece que de niño era aplicado y quería hacerse cura, hasta que supo su origen irregular y leyó un libro con las atrocidades cometidas en Montjuich, y se sintió furibundamente anarquista. Lo primero que dice al que le conoce por primera vez es que él es hijo natural, y asegura que tiene orgullo en esto. Es irritable porque está enfermo. Yo le digo que se cuide, pero no quiere... Y lo que pasa en Madrid, que creo que no ocurrirá en ninguna parte.

—Pues, ¿qué ha pasado?

—Que Brull ha conocido en el café a dos viejecitos que, al oírle contar sus aventuras, le dan algún dinero y le quieren proteger.

—¿Y él no quiere?

—No. Él se ríe de ellos. Pero la verdad es que sólo aquí, en este pueblo débil y misericordioso, se encuentran estos protectores en la calle.

—Vete a saber lo que les pasará a esos viejecitos. Quizá les recuerde Brull algún hijo que hayan perdido.

—¿Quién sabe?