—¡Bah! No tenga usted cuidado—y Brull se echó a reír con su risa antipática—. El doctor no es de los que se sacrifican por la idea.
La risa de Brull hizo enrojecer a María.
—¿Y usted, sí?—dijo con desprecio.
—Yo sí—contestó él con una violencia brutal.
—Pues peor para usted—contestó María, asustada.
Unas horas después, Brull envió una carta a María. Era una carta petulante, con alardes inoportunos de sinceridad. Decía en ella que él no había querido a ninguna mujer, porque consideraba a las españolas dignas de ser esclavas; pero si ella quería hacer un ensayo con él, para ver si sus dos inteligencias se comprendían, él no tenía inconveniente alguno. De paso, en la carta citaba una porción de nombres alemanes y rusos que María supuso serían de filósofos.
María, que no hubiese sido cruel con otro cualquiera, pensando en que Brull se había reído de su padre, le devolvió la carta, pidiéndole, de paso, que no le volviera a escribir, porque no le entendía.
Brull debió de manifestar al doctor la aversión que le demostraba María, y Aracil preguntó a su hija:
—¿Por qué le tienes ese odio a Brull?
—Porque es un majadero y un farsante, y, además, malintencionado y peligroso.