—Decía que en España no se puede hacer mas que esta división: vascos y maketos, y añadía que maketo es sinónimo de gitano.

Brull sintió casi una molestia al oírse llamado por un mote despreciativo. Era el catalán hombre de una susceptibilidad y de una violencia grandes, que se irritaba por las cosas más pequeñas; así, que experimentó una ira feroz al ver a María Aracil que no sólo no se interesaba por él, sino que le huía. Esto a Brull le ofendió profundamente, y le maravilló hasta tal punto, que un día, viéndola sola, le dijo, con su sonrisa amarga de mediterráneo:

—¿Qué tengo yo para que me odie usted de ese modo?

—Yo no le odio a usted.

—Sí, que me odia usted. Tiene usted por mí verdadera aversión.

—No es verdad.

Brull, para tranquilidad de su soberbia, necesitaba suponer en María mejor una aversión profunda que una fría indiferencia.

—¿Es que yo le he hecho a usted algo?—siguió preguntando Brull.

—Sí, está usted arrastrando a mi padre a que haga alguna tontería.