María sintió desde el principio una profunda aversión por aquel farsante peligroso, y se manifestó con él indiferente y poco amable.

Brull tenía, como Aracil, cierta originalidad retórica y un ansia por el último libro, la última teoría, el último sistema filosófico, completamente catalana. Una palabra nueva, terminada en ismo, que no la conociera nadie, era para él un regalo de los dioses.

Si, por ejemplo, hablaban de ideas filosóficas, y el uno aseguraba su materialismo y el otro su espiritualismo, saltaba Brull, y exclamaba: «Yo soy partidario del filosofismo.» Y cuando sus interlocutores quedaban un poco asombrados, Brull salía con una explicación pedantesca, disertando acerca de un pensador llamado Filosofoff, de la Laponia o de la Groenlandia—sabido es que la civilización y la filosofía huyen del sol—, que había aparecido hacía un mes y tres días, y demostrado la falsedad de todos los sistemas filosóficos europeos, americanos y hasta de los catalanes.

Brull era anticatalanista furibundo, lo cual no impedía que estuviera hablando continuamente de la psicología de los catalanes, de la manera especial que tienen los catalanes de considerar el mundo, el arte y la vida. Los italianos del Renacimiento no eran nada al lado de los catalanes de ahora; al oírle a Brull, cualquiera hubiese dicho que la preocupación de la Naturaleza, cuando estaba encinta, embarazada con tanto mundo, embrionario, no era saber en qué acabaría su embarazo, si no pensar qué haría con los catalanes.

Al dar tanta importancia a los catalanes, tenía que dársela también, por exclusión y por comparación, a los demás españoles, y así resultaba que, siendo España en conjunto, según Brull, la última palabra del credo, a pedazos, era el cogollo de Europa.

Brull no convencía, pero hacía efecto; tenía el don de lo teatral: su argumentación y su fraseología eran siempre exageradas y brillantes. A un interlocutor sencillo le daba la impresión de un hombre extraordinario.

Toda idea de superioridad individual, regional o étnica halagaba la vanidad de Brull. Contaba una vez a Iturrioz, con fruición maliciosa, que uno de sus amigos, separatista, llamaba a España la Nubiana; e Iturrioz, que le escuchaba muy serio, le dijo:

—Eso no tiene mas que el valor de un chiste, y de un chiste malo. Es lo mismo que lo que me decía un profesor vascongado.

—¿Qué decía?