VI.
LOS FARSANTES PELIGROSOS

Hay en un libro viejo, cuyo nombre no recuerdo, un capítulo acerca de la vanidad, a la cual llama el autor: «La hija sin padre en los desvanes del mundo».

En estos desvanes del mundo hay, según el inventor de esta frase, chimeneas de todas formas por donde sale el humo de las cabezas vanidosas y huecas. Hay chimeneas grandes y campanudas, otras estrechas y angostas, y muchas que se comunican con algunos hombres ilustres españoles, cuyo fuego no se ve ni su calor se nota, y que sólo se distinguen por sus humaredas.

En uno de estos desvanes tenía, con seguridad, su chimenea Aracil, y no era de las menos humeantes.

Con motivo de la conferencia del doctor, hubo discusiones en los periódicos avanzados. Un día un joven catalán, llamado Nilo Brull, se presentó en casa de Aracil con unos artículos, escritos en un periódico de Barcelona, en los cuales se defendía y se comentaba la conferencia del doctor.

Aracil experimentó una gran satisfacción al verse tratado de genio, y no tuvo inconveniente en presentar en todas partes y proteger a Brull, que se encontraba en una situación apurada.

Le dió dinero, le llevó a su casa y le convidó varias veces a comer.

María, desde el principio, sintió una gran antipatía por Brull. Era éste un joven de veintitrés a veinticuatro años, de regular estatura, moreno, con los pómulos salientes y la mirada extraviada. Hablaba con un acento enfático, hueco y estrepitoso, y tenía una inoportunidad y un mal gusto extraordinarios. Lo más desagradable en él era la sonrisa, una sonrisa amarga, que expresaba esa ironía del mediterráneo, sin bondad y sin gracia.

En el fondo, toda su alma estaba hinchada por una vanidad monstruosa; quería llamar la atención de la gente, sorprenderla, pero no con benevolencia ni con simpatía, sino, al revés, mortificándola. Tenía ese sentimiento especial de las mujeres coquetas, de los Tenorios, de los anarquistas y de algunos catedráticos que quieren ser amados por aquellos mismos a quienes tratan de ofender y de molestar. En algunos países en donde la masa es un poco amorfa, como en Alemania y en Rusia, se da el caso de que los hombres que más denigran su país son los más admirados; en España, esto es absolutamente imposible.