—No, no.

—Hay algo de verdad en lo que dice—replicó Iturrioz—; tu padre, María, tiene el virus estético metido en las venas; no en balde procede del Mediterráneo.

Pasaron a otro asunto; pero Aracil no desaprovechó los puntos de vista señalados por su amigo para comentarlos en su «Memoria».

Llegó el día de la conferencia; Aracil se preparó su público y alcanzó un gran éxito. Su mayor habilidad fué mezclar con lo serio notas humorísticas y cómicas; tuvo frases pintorescas para definir gráficamente el modernismo, la pedagogía, el género chico, el automóvil, la filosofía de Nietzsche, la política hidráulica y el baile flamenco, muy celebradas. De ademanes y de accionado estuvo inmejorable; supo subrayar unas cosas y atenuar otras con verdadera maestría.

—Es un cómico este Aracil—exclamó Iturrioz.

—Muy brillante, muy ingenioso—dijo el primo Venancio—, pero sin una afirmación práctica.

La opinión general consideró la conferencia como un éxito; los periódicos le dedicaron más de una columna, y algunas revistas ilustradas publicaron el retrato de Aracil.

María discutió varias veces con su primo acerca de la «Memoria» de su padre. Ella la defendía, como es natural; Venancio consideraba lo dicho por Aracil como una fantasía literaria, como un juego mental divertido. Venancio era enemigo de la política y de las fórmulas teóricas. Un día le dijo a María que, para él, el único propósito serio que podía haber en España era que, desde San Sebastián hasta Cádiz, y desde La Coruña hasta Barcelona, se pudiese ir entre árboles. Todos esos otros sistemas metafísicos y éticos, como el anarquismo, le parecían vueltas a concepciones pedantescas y a paparruchas semejantes al krausismo. En cambio, un ideal concreto, práctico, de un país lleno de árboles, suponía una transformación de la vida, convirtiéndola, de áspera y ruda, en civilizada y humana. Para llegar a esto, pensaba que actualmente en España no había camino; ingresar en cualquier partido constituía una estupidez. Su plan era individualismo y trabajo, plantar árboles y mejorar la tierra.

María, en el fondo, estaba conforme con él, pero le llevaba la contraria por defender a su padre y para oírle.