—También yo creo lo mismo, que se necesita fe. Pero no creo, como tú, que se pueda producir en un momento, sino en años. Pero, ¿es que tenemos prisa? Nada más ridículo que esa idea, que han echado a volar unos cuantos, de que España, como nación, peligra. Ni Inglaterra, ni Francia, ni Alemania intentarían destruír España.
—¡Bah! Claro que no. El peligro de España no es un peligro exterior.
—Es que hay gente que supone que existe un peligro exterior, y no lo hay, ¡qué ha de haber! Y, por lo mismo—siguió diciendo Aracil—, es necesario tomar todo el tiempo indispensable para digerir la época y absorberla y asimilarla y formar un ideal. Estamos rodeados de escombros; hay que ver lo que sirve y lo que no sirve, con calma, sin precipitaciones, que nos podrían llevar a un desastre. Y para esta obra hay que echar a reñir en la calle a todas las ideas, a todos los sistemas, y como base hay que apoyarse en el socialismo, como sistema crítico para la trasmutación de los valores económicos, y en el anarquismo como sistema crítico para la transformación de los valores morales y religiosos. ¿No te parece?
—Sí; me parece una solución lógica, lo cual no quiere decir que sea buena. Yo, en el caso particular de España, tengo alguna fe en el hombre; pero nuestro ambiente es infeccioso, es mefítico. Aunque hubiera aquí una invasión de raza joven, nueva, no podría resistir lo morboso del ambiente. Allí donde llega esta seudo-civilización que se irradia de nuestras ciudades, allí se pudre en seguida todo. La península entera está gangrenada.
—Y, ¿qué dirías del anarquismo activo, del anarquismo de la dinamita?
—Diría que ha perturbado el anarquismo. Sólo la idea destruye; sólo la idea crea. La bomba, como venganza, me parece absurda, y como medio de protesta, también. Si con una bomba se pudiera suprimir el planeta..., entonces sería cosa de pensarlo. Pero matar unas cuantas personas es horrible; porque todo puede ser lícito, menos llevar la muerte en medio de la vida. La vida es la razón suprema de nuestra existencia.
—Sin embargo—exclamó Aracil—, a veces, esos atentados tienen un aire de ejemplaridad.
—¡Claro, como todas las catástrofes!
—Yo, hasta creo que tienen su belleza. Un dinamitero me parece un artista, un escultor, bárbaro y cruel, que modela en carne humana.
—Papá bromea—saltó diciendo María.