—Desgraciadamente.
—O afortunadamente. Aquí no hay mas que tres cosas: un patriotismo de Madrid, burocrático y falso; un regionalismo, que es una cursilería; un provincialismo infecto, y luego la barbarie natural de la raza. Esto es lo español. Y no lo comprenden. Estamos aquí empequeñecidos, aminorados, queriendo vivir con las leyes, cuando aquí debemos vivir contra las leyes. Este espíritu legalista ha producido en España una subversión completa de las energías. Así, que en todos los órdenes de la vida triunfa lo mediocre, y lo mediocre se apoya en lo que es más mediocre todavía. Toda nuestra civilización actual ha servido para reducir al español, que antes era valiente y atrevido, y convertirlo en un pobre diablo. Y luego no es sólo la mezquindad de la vida, sino que es también su irrealidad. La vida española no tiene cuerpo, no es nada. Los instintos vegetativos y una serie de impresiones en la retina, esa es toda nuestra existencia, nada más. Somos mejores para figurar en las vitrinas de un museo arqueológico que para luchar; vivimos hechos unos animales domésticos, no fuertes y bien cebados, sino canijos y tristes, con el aire débil y lánguido que tienen los animales cuando se los encierra. Porque hay que ver hasta dónde hemos llegado de pequeñez, de mezquindad, de cursilería. Antes creíamos que los cursis eran los pobres, y no, en España los cursis son los potentados, los aristócratas, los duques, los escritores, los políticos; lo cursi es el Congreso, las redacciones de los periódicos, los saloncillos de los teatros, el Ateneo, los lunes del Español...; las casas de huéspedes no son mas que pobres, y los que vivimos en ellas unos miserables desdichados. Desde los miembros de la familia real, que por lo virtuosos y económicos más parecen formar parte de una honrada familia de estanqueros, hasta el último empleadillo madrileño, todos los españoles tenemos las trazas de unos conejillos mansos.
—Sí; todo eso está bien. Es posible que sea cierto. Pero consecuencia, consecuencia. Negar es muy fácil. ¿Que se saca de lo que dices? ¿Que solución?
—¿Qué es lo que quieres, una solución práctica?
—No; una solución concreta y posible. Porque a una Humanidad decaída, agotada, que no puede vivir mas que a la defensiva, con estimulantes, tirarle todas sus medicinas por el balcón y decirle: «Hay que vivir en el monte, entre la nieve», le parecerá absurdo. «¿Y el frío?», preguntará.
—Que lo resista—exclamó Iturrioz.
—¿Y el calor?
—Que lo resista también.
—Se necesita mucha fe para vivir, espiritualmente, a la intemperie, y a esta gente que se constipa con sacar la cabeza por la ventana, no la convencerás de esto.
—Fe, sí—dijo Iturrioz—. Eso es lo indispensable. Fe en el hombre, fe ciega, fe inquebrantable. Pero, ¿se puede desarrollar la fe? Yo creo que sí. Engendrada la fe, la violencia nos libraría del mal.