—Sí; un individualismo salvaje, una concurrencia sin ley—dijo Aracil.
—Es que el individualismo, la concurrencia libre, no quiere decir la desaparición absoluta de la ley y de la disciplina; quiere decir la muerte de una ley para la implantación de otra, la derogación de una ética contraria a los instintos naturales por el reinado de otra ética en armonía con ellos.
—Y ¿cuál es la ética natural, según tú?
—Si yo pudiera darte la fórmula de la ética natural, sería un hombre extraordinario. No, no tengo tanta ambición. Hoy, además, la ética está en un período constituyente; por eso no pretende ser una valoración, sino que se contenta con ser una explicación. Antes, el moralizar tenía dos formas: el elogio y el vituperio; hoy no puede tener mas que una: el análisis. Pero, transitoriamente, yo creo que, para la moral, se puede tomar como norma la vida misma. Debemos decir lógicamente: «Todo lo que favorece la vida es bueno; todo lo que la dificulta es malo.»
—Es que lo que favorece la vida individual puede perjudicar la vida colectiva, y al contrario—arguyó Aracil.
—Cierto. En esto se separan dos civilizaciones y dos razas: la latina, entusiasta del derecho; la bárbara, entusiasta de la fuerza.
—Y tú eres un bárbaro, amigo Iturrioz.
—En último término, todos somos bárbaros. Para mí, el hombre siempre tiene razón en contra de los hombres. La idea del derecho empapa también su raíz en la fuerza. La vida se nutre de violencia y de injusticia, no porque la vida sea mala, sino porque los hombres han soñado con la dulzura y la justicia, sin contrastarlas con la vida; han soñado los lobos que eran corderos, y ¡claro!, todo lo que no sea un sueño de Arcadia les parece malo. Y eso es lo que yo creo que hay que hacer: vivir dentro de la vida natural, dentro de la realidad, por dura que sea; dejar libre la brutalidad nativa del hombre. Si sirve para vigorizar la sociedad, mejor; si no, habrá, por lo menos, mejorado el individuo. Yo creo que hay que levantar, aunque sea sobre ruinas, una oligarquía, una aristocracia individual, nueva, brutal, fuerte, áspera, violenta, que perturbe la sociedad, y que inmediatamente que empiece a decaer sea destrozada. Hay que echar el perro al monte para que se fortifique, aunque se convierta en chacal.
—Eres un salvaje.
—¿Por qué no? En España todos tenemos un gran fondo de salvajismo. Aquí no hay espíritu cívico, social, de humanismo. No lo ha habido nunca.