—¿Lo encuentras razonado?

—Sí.

—Pero, bueno, ¿qué objeciones se te ocurren?

—Muchas—y el doctor Iturrioz quedó pensativo, mirando al fuego—. Claro que me parece natural y lógico en toda persona joven, sana y honrada, ser rebelde, inmoral y ateo. ¿No te molesto, María?

—No; por mí, puede usted hablar—dijo María, que bordaba a la luz de la lámpara.

—Sí—murmuró Iturrioz, y sacudió con las tenazas las leñas que ardían en la chimenea—; todo hombre fuerte, inteligente, que conserve sus tejidos cerebrales jugosos, tiene que ser un negador en presencia de la estupidez de las leyes y de las costumbres. Ahora, cuando va viniendo el cansancio y el temor de no poder luchar contra el medio social, estado que probablemente procederá de una atonía, quizá de la esclerosis del sistema nervioso, entonces se va acabando la rebeldía, se acepta la moral, se reconoce la legitimidad de la religión. Esto no quiere decir mas que laxitud y fatiga. ¿Por qué he transigido yo en la casa de huéspedes donde vivo con un cura imbécil que me molesta todos los días? Por fatiga.

—¿Y tú crees—preguntó Aracil, viendo que el buen ogro de Iturrioz divagaba—que debía sostener en mi «Memoria» francamente la anarquía?

—No; la anarquía es una necedad, una utopía ridícula y humanitaria, indigna de un investigador—contestó Iturrioz—. Un hombre no es un astro en medio de otros astros; cuando un individuo es fuerte, su energía se extravasa e influye en los demás. ¿Es que yo creo imposible la anarquía en el porvenir? ¡Psch!, no sé. La anarquía, o la acracia, o algo parecido a una sociedad casi sin Estado, puede venir algún día, y puede venir de la cultura, de la democracia y de la debilidad. El día que los hombres elevados sean muchos y sus instintos débiles, nadie querrá mandar. Pero si la acracia es posible en un porvenir lejano, no lo es actualmente, y no vale la pena de preocuparse de la vida en lo futuro, sino de la vida actual.

—Y, para la vida actual, ¿tú crees perjudicial el anarquismo?

—Perjudicial, no: al revés. Para mí, la vida española de hoy es como una momia envuelta en vendas, o, mejor quizá, como una de esas figuras de un escaparete de ortopédico, cojas, mancas, llenas de férulas, de vendajes y de aparatos. ¿Qué se puede idear para que la figura se mueva y ande? Yo creo que hay dos caminos: uno, el mejor, el de la violencia, el de la lucha individual, echando a un lado la vieja moral, la religión, el honor, todas esas preocupaciones que nos han aplastado, reduciendo el Estado a un artificio mecánico, a una policía y a un Código; otro, el de la nivelación de los hombres por el socialismo. Para mí, la moral de España no debía ser otra que la de la excitación del amor propio. Nada de patria, ni de religión, ni de Estado, ni de sacrificio; al español no se le debía hablar mas que a su orgullo y a su envidia. Ese ha hecho más que tú; tú debes hacer más que él.