Algunos de sus admiradores de la docta casa le invitaron, con insistencia, a hablar, y Aracil, después de resistir un poco, aceptó y dijo que su trabajo versaría acerca de «El anarquismo como sistema de crítica social».
El doctor recogió sus ideas sobre esta cuestión y escribió algunas cuartillas, y una noche en que fué a visitarle Iturrioz, le leyó su trabajo.
Aracil, que se conocía bastante bien y sabía hasta dónde alcanzaba su decantada originalidad, consideraba a Iturrioz como un receptáculo de originalidades en bruto y como un comprobador de sus ideas. Por esta razón nunca había presentado a su amigo en los sitios que él frecuentaba, y a Iturrioz, que era ingenuo y, como él decía, uno de los defensores de la antiliteratura y del antihumanismo, no se le podía ocurrir que sus frases toscas las luciera su amigo, un poco mejor aderezadas, como ocurrencias chispeantes.
La tesis que defendió Aracil en su «Memoria» no era nueva ni mucho menos: se reducía a sostener que el anarquismo es la forma actual del análisis y de la crítica, y que los sistemas anarquistas o ácratas conocidos no son, en el fondo, mas que formas caprichosas y sin ningún valor del socialismo utópico.
Según Aracil, en el pensamiento existen siempre ideas y juicios propios, individuales, e ideas y juicios prestados, impuestos, aceptados por inercia espiritual. Las ideas adquiridas o heredadas estaban reconocidas y sancionadas por el temor, por la inutilidad o por la costumbre; las ideas individuales, propias, contrastadas por la razón, nacían de una tendencia analítica; pero, en general, pugnaban contra el ambiente. Estas tendencias analíticas, impulsos de nuevos conocimientos, iban, históricamente, constituyendo la Filosofía, la Crítica y la Ciencia, en último término.
Al descender la tendencia analítica desde la altura de los hombres ilustres a la masa, había creado el anarquismo, llamando así a la crítica pura, no a la arbitraria concepción de la sociedad sin Estado.
«Claro que es natural—leyó Aracil—que el hombre cuyas ideas estén expuestas a una nueva contrastación, varíe sus ideales y hasta modifique la noción central de su pensamiento. Esto carece de importancia en el escritor o en el filósofo, pero la tiene grande en el político, que debe poseer la habilidad de no dejar traslucir sus desilusiones ni la variación de sus puntos de vista, pues la masa no sigue la evolución de las ideas en un hombre, y atribuye siempre a motivos interesados lo que puede ser sólo producido por motivos intelectuales.»
Aracil siguió leyendo su «Memoria», y, cuando concluyó, mirando a su amigo, dijo:
—¿Qué te parece?
—Bien.