—Ya ves, en cambio, a mí—dijo Iturrioz—, cuando pienso en un republicano, me viene siempre a la imaginación un fotógrafo de mi pueblo, hombre muy exaltado. Y luego, cosa extraña, a todos los fotógrafos que he conocido les he preguntado si eran republicanos, y todos me han dicho que sí. Yo no sé qué relación misteriosa existe entre la República y la fotografía.

—¿Y usted no es republicano, Iturrioz?—preguntó María.

—Yo, no; ni republicano ni monárquico; lo que soy es antiborbónico. Para mí, eso de Borbón es una cosa arqueológica y deletérea, como una momia que hiede; así, cuando me dicen: «Ahí va el príncipe tal de Borbón», me dan ganas de taparme las narices con el pañuelo.

—Un rey que no sea Borbón será muy difícil en España—dijo María.

—Por eso le parece bien a Iturrioz—saltó Aracil—, porque es absurdo.

—Lo que en el fondo le gustaría al país—dijo Iturrioz—es el rey caudillo, el rey guerrero; no reyes como los modernos, viajantes de comercio, matadores de pichones, automovilistas... Esto es ridículo.

—Y, ¿para qué un rey guerrero?—dijo María.

—Daría un poco de prestigio y un poco de alegría a España. Un pueblo no se puede regir por un libro de cuentas, y yo creo que si el español se va enfangando en esta corriente de mercantilismo, se deshará, se hará un harapo, perderá todas las cualidades de la raza.

—Pero, ¿usted cree que los españoles han cambiado de veras?—preguntó María.