—Sí.

—¿En veinte o treinta años?

—Sí; ha cambiado su manera de pensar, que es lo que más pronto puede variar en una raza. Un hombre del Norte discurre pronto como un meridional, si vive en el Mediodía, o al contrario; el pensamiento y la cultura se adquiere rápidamente; para que el instinto cambie, ya es imprescindible mucho tiempo; para que el color del pelo varíe, se necesita la vida de varias generaciones, y para que un hueso se transforme, ya son indispensables eternidades. ¿Cuántos miles de años hará que el hombre no mueve las orejas? Una atrocidad. Y, sin embargo, los músculos para moverlas los tiene todavía, atrofiados, pero existen. No; no hay que asombrarse de que los españoles hayan variado de manera de pensar en pocos años. El germen del cambio está ya en nuestro tiempo, y antes—siguió diciendo Iturrioz—mucha gente encontraba aquella vida falsa y superficial. La sociedad española era como un edificio cuarteado, pero que se iba sosteniendo. Viene la guerra de Cuba y la de Filipinas, y, por último, la de los yanquis, y se pierden las colonias, y no pasa nada, al parecer; pero la gente empieza a discurrir por su cuenta, y el que más y el que menos dice: «Pues si nuestro ejército no es, ni mucho menos, lo que creíamos; si la marina es tan débil, que ha sido aniquilada sin esfuerzo; si estábamos engañados en esto, es muy posible que estemos engañados en todo». Y desde este momento empieza a corroer el análisis, y suponemos que los escritores, y los políticos, y los oradores, y los ingenieros, y los cómicos españoles deben ser tan malos, tan ineptos como nuestros generales y nuestros almirantes; y suponemos que nuestros campos son pobres y hay quien lo comprueba, y cada español, que ve y observa por sí mismo, echa abajo toda la leyenda dorada de su patria. Y se acostumbra la gente a la crítica, y así resulta que hoy los prestigios nuevos no se pueden consolidar y los viejos han desaparecido. En España, actualmente, hay estos dos criterios: el del conservador, que lo mismo puede tener la etiqueta de íntegro como la de anarquista, que dice: «¿Esta es la ciencia oficial, la política oficial, la literatura oficial? Pues ésta, buena o mala, es la respetable». Y el del no conservador, que es todo hombre que discurre, que ha llegado a tal desconfianza por lo sancionado, que dice: «¿Esta es la literatura oficial, la ciencia oficial, el arte oficial? Pues éste es el malo». Entre uno y otro criterio no hay transacción posible. Así, no se afirma nada en España. ¿Qué queda de nuestra época? Nada. ¿Quién se acuerda ya de Castelar, ni de Cánovas, ni de Ruiz Zorrilla, ni de Campoamor, ni de Núñez de Arce? Nadie. Todo eso parece un peso muerto que la memoria de la gente lo ha echado ya por la borda, condenándolo al olvido. Hoy se empieza negando, por lo menos dudando, tratando de buscar la verdad, el positivismo..., y el poeta listo, el de la quintilla, que hace veinte o treinta años hubiera vivido sólo con eso, hoy se muere de hambre o tiene que entrar de escribiente; y el que se sintió chulo, se pone a llevar baúles, porque la chulería no da; y el matón de la casa de juego, se encuentra con que cierran todos los garitos; y el que soñó con hacer su pacotilla de concejal, ve que el Ayuntamiento se moraliza...; y el hampa se va..., y todo se va...; y así en España tenemos, no ya fracasados de la virtud, de la gloria y del arte, como en todas partes, sino fracasados de la inmoralidad, fracasados del agio, fracasados del chanchullo, como en política tenemos lo último de lo último: los fracasados del anarquismo.

—¿Y usted cree que eso es malo de veras?—preguntó María.

—Malo, no. A la larga es posible que sea la salud. Vamos hundiéndonos, hundiéndonos... Alguno encontrará tierra firme y volveremos a subir. Entonces renacerá España...

¡Incipit Hispania!—exclamó Aracil.

—Y si cree usted esto, ¿por qué se queja?—preguntó María.

—¿No me he de quejar? ¿No ves que yo soy un hombre de otra época? Antes decían que hay en todas las sociedades tres períodos: el teológico, el metafísico y el positivo. Yo soy un tipo que está entre el período teológico y el metafísico. ¿Qué voy a hacer en esta sociedad positiva, como la que se intenta crear? ¿Me lo quieres decir, María? ¿No comprendes que quieren hacernos ingleses y somos españoles? No, no; esto es grave. Estamos asistiendo a la ruina de un mundo, al final de una sociedad romántica. Yo estoy asustado, y voy a hacer como dama Javiera, una señorita vieja de mi pueblo.

—Y ¿qué hacía esa dama Javiera?—dijo María, riendo.

—Pues la dama Javiera era una señorita de setenta años, que venía de tertulia a mi casa, cuando yo era chico. Dama Javiera, que ya tenía esta maldita tendencia analítica, que nos ha perdido a todos, jugaba a las cartas con mi abuela y con un cura viejo, que se llamaba don Martín, y entre jugada y jugada le preguntaba al cura acerca de cuestiones de religión: «¿Será posible esto, señor cura? ¿Podrá suceder tal cosa?», le decía. Y don Martín contestaba sentenciosamente: «Dama Javiera, conviene no escudriñar», y se apuntaba un tanto con una habichuela encarnada o blanca. Yo antes me reía; pero empiezo a creer que el consejo que daba a dama Javiera era muy exacto, y que conviene no escudriñar.