—La verdad es que esto—pensaba—parece una pesadilla, un sueño de fiebre.
Al cuarto día, la excitación que reflejaban los periódicos iba en aumento. Se detuvo a un italiano, tomándolo como anarquista, y estuvo a punto de ser linchado, pero demostró claramente su inocencia. Ni el criminal, ni el encubridor parecían. En los periódicos, Aracil tomaba una personalidad siniestra; se le quería complicar en la bomba de París y en las de Barcelona, y se suponía que era el jefe de una asociación terrorista. Desde Londres enviaron a Madrid una información folletinesca de lo más absurdo posible. Según esta información, en el Centro Anarquista Internacional de Londres se había celebrado una gran reunión, en donde se había discutido y aprobado la muerte de los reyes de España. Brull, que asistió a la reunión, dijo que él, en compañía de un señor don José, iría a España a dinamitar a los reyes. El relato tenía el aspecto de una filfa, y el fantástico y anarquista señor don José parecía salido de la ópera Carmen, más que de la realidad.
Para fin de fiesta, el doctor Iturrioz comenzó a contar una de historias que acabaron de embarullar por completo el asunto. Iturrioz habló de un millonario extranjero que protegía a su amigo Aracil, y cuyo automóvil rojo había visto pasar a toda velocidad el mismo día del atentado, y pintó tales misterios, siempre diciendo que no sabía nada, que no tenía dato alguno, sino que suponía, pensaba, que puso en movimiento a toda la policía y la lanzó sobre una serie de pistas falsas.
—¿Para qué hará eso Iturrioz?—preguntaba Aracil a María.
—Para engañar a la policía, seguramente.
—Eso debe ser. Lo que a mí me preocupa es Brull. ¿Qué hace ese hombre?
Al quinto día, un periódico afirmó que Aracil estaba ya en París, y la noticia le hizo pensar al doctor.
—¿Qué te parece—le dijo a María—, si escribiera a mi amigo Fournier para que diga que me han visto allí?
—Muy bien.
Escribió una nota Aracil, firmándola.