—Eze ez un calsonasos—dijo Del Brío.
—No lo creo yo así—replicó Gamboa—; a mí me parece que no es tan tonto como dicen, y creo, además, que es un liberal de verdad.
Se pasó revista a los comensales de la cena.
—¿Zerá sierto que el coronel Rivero tiene un proseso por azezinato?—preguntó Del Brío.
—No estoy enterado—contestó Gamboa—. Ya sé que ha tenido una causa, pero creí que era algo militar.
—¿No conocen ustedes la historia?—preguntó Aviraneta—. ¿No? Pues la cosa pasó en Cádiz, en mil ochocientos treinta y uno. Rivero estaba allí de comandante y tenía todo el regimiento comprometido para sublevarse con Torrijos. Los conspiradores se reunían en la logia. El día señalado, al anochecer, va Rivero a la logia y se encuentra con varios oficiales comprometidos, que le dicen que se ha presentado allí el brigadier don Antonio del Hierro y Oliver, con su ayudante, y que va a volver por la noche. Rivero y sus amigos parlamentan y preparan una emboscada, y a la mañana siguiente aparece en la calle el brigadier muerto de cuatro tiros, y a pocos pasos de él, un zapatero de la vecindad también muerto. La justicia toma el asunto con frialdad y la mujer de Hierro, que era una mujer de pelo en pecho, jura denunciar a los conspiradores enemigos de su marido, arma un zafarrancho en el cuartel, hace que prendan a cinco o seis, y, mientrastanto, un sargento comprometido se escapa con la doncella del brigadier, con la caja del regimiento y con una maleta de documentos comprometedores.
—¿Y no lo pescaron?—preguntó uno.
—¡Ca! Ahora está en París hecho un personaje, de empresario de teatros, camino de tener millones.