—¿Qué pasa?
—Que aquí está el señor Bordoncillo, con su secretario.
—No le conozco a ese señor; dígale usted que no estoy.
—Dice que trae una carta de un amigo de usted y que le tiene que hablar de cosas importantes.
—Bueno; pues que pase.
El señor Bordoncillo era un hombre bajito, de unos cincuenta años, melenudo, de bigote y perilla grises, con los ojos un poco bizcos y muy brillantes, el cráneo estrecho y piriforme, la boca sin dientes. Vestía perfectamente andrajoso, unos pantalones llenos de flecos, un chaleco lleno de grasa y un gabán negro lleno de caspa; usaba cuello de camisa grande y mugriento, corbata roja, unas botas destrozadas y un sombrero de copa como un tubo. El secretario era por el estilo de él, pero aún más raído y un tanto jorobado.
El señor Bordoncillo entró en el cuarto de Chamizo, seguido de su secretario. Se sentó en el único sillón con la mayor familiaridad, y se desembozó la bufanda, dejando en el ambiente un olor fuerte a tabaco.
—Lea usted—dijo al ex fraile, y le alargó una carta.
Era ésta de Aviraneta, y decía así: