—¿Y trabaja usted?

—Poco, muy poco; pero dejemos esa cuestión. No es como profesor de obstetricia que vengo a visitarle a usted, ni a ofrecerle mis servicios.

—¡Oh! Lo supongo, lo supongo—dijo Chamizo.

El señor Bordoncillo le advirtió que sabía que el ex fraile había abandonado los antros de la superstición, por lo cual le felicitaba; después se acercó a él y le dijo con gran misterio:

—Soy un perseguido. Vea usted cómo me tienen—y abrió el chaleco y le mostró que no llevaba camisa.

—¿Qué le pasa a usted?

—Es muy largo de contar; otro día en que esté en mejor situación de ánimo se lo contaré. Hay poderes, señor mío, que quieren arrebatarme la libertad, arrebatarme el albedrío para hacerme contra mi voluntad consejero de la Corona. Que lo diga mi secretario.

—Es cierto, es cierto—murmuró el secretario.

—¡Pero hombre, eso no es tan malo!—le dijo Chamizo.

—No me entiende usted—dijo Bordoncillo—. ¿Y mi obra? ¿Cómo yo acabo mi obra, si me secuestran, si me monopolizan?