—¿Y qué obra quiere usted hacer? ¿Algún trabajo de obstetricia?
—Un tratado de obstetricia del mundo.
—¿Y cree usted que no tendría usted algún poco de tiempo...?
—Necesito toda la vida, caballero, y aun no basta. Quieren distraerme. Quieren impedirme trabajar. Vivo mal, señor mío. Vivo mal. Estoy a la merced de un Tubal Caín.
—¿Quién es Tubal Caín?—preguntó Chamizo asombrado.
—Es un herrero de la Ronda de Atocha, que es masón y que me desprecia. ¡A mí! ¡Un Tubal Caín! ¡Qué vergüenza para el mundo! Su mujer, a la que yo llamo la ciudadana Minerva, me hace el puchero, un puchero miserable; lo que usted oye; y su criado, a quien yo llamo Ierófilo, me saca la lengua cuando me ve... Así vivo yo. ¡Qué ironía! Me están asesinando. González, mi secretario, lo sabe.
El secretario movió la cabeza gravemente, y cerró los ojos en señal de asentimiento.
—Me han hecho quemar más de diez libras de papel—siguió diciendo el comadrón teósofo.
—¡Diez libras de papel!