—Sí; diez libras de papel escrito por mí. ¡Por mí! Una gnosis, una mística y mi gran obra sobre los Adelfos y los Filadelfos.
—¿Y por qué ha quemado usted eso?
—Para no producir más víctimas. Ya ha habido bastantes. Más de una docena de hombres han muerto por esa cuestión.
El señor González volvió a cerrar los ojos gravemente y a hacer un signo de afirmación.
—¿Tan importante es?—preguntó Chamizo.
—¡Importante! Es la síntesis de toda la filosofía espiritualista. Los descubrimientos de los templarios, de los alumbrados, de los filaletas, de los masones, de los martinistas, de los teofilántropos, de los Rosa-Cruz, de los caballeros Kadosch, todas estas ramas de las ciencias ocultas se condensan en mi sistema filosófico-religioso-social-antropológico-obstétrico. ¿Y qué necesito para desarrollarlo? Papel y un poco de comida y una persona segura que rechace los ofrecimientos de los monarcas que quieran captarme. Nada más. Usted puede ser esta persona. Usted puede asociarse a mi gloria. El señor Aviraneta me ha dicho que usted me cedería su casa. Este cuarto está bien. González podría vivir ahí. Parece que tiene usted algunos libros. ¡Uf!—dijo con desdén—. ¡Literatura latina! ¡Paganismo, paganismo!
Chamizo le dijo que el señor Aviraneta se había equivocado al referirse a él, que no era capaz de rechazar los ofrecimientos del monarca porque estaba comprometido con la reina.
—No me diga usted más, todo lo comprendo—dijo el señor Bordoncillo con una risa sardónica—. Está usted también vendido al Becerro de Oro. No me diga usted más, todo lo comprendo; pero para que vea usted quién soy, vea usted y tiemble.
Y el señor Bordoncillo sacó un cartel de cartón de debajo del abrigo, con unas letras que decían
V G M C K,