y se lo colgó en el cuello. Luego sacó una cinta de tres colores, azul, amarillo y verde, y se la puso en el pecho.
—Ya me comprende usted—dijo tocando la cinta con el índice, adornado por una uña con ribete perfectamente negro—; azul el cielo, amarillo el sol, verde la tierra—luego el comadrón teósofo se llevó la mano a la garganta e hizo—: ¡Aj..., aj...!—como si se le hubiera metido una espina y no pudiera sacarla.
—Sí, sí; supongo que le comprendo a usted, pero yo nada puedo hacer por usted—repitió Chamizo.
—¿Nada?
—Nada.
—¡Oh Jacobo Boeme! ¡Oh Cagliostro! ¡Oh Swedenborg! ¡Oh Martínez Pascualis! ¡Oh Saint-Martin, el filósofo desconocido! ¡Ved cómo tratan al filósofo mayor de todos los tiempos! González, usted será testigo de esta ofensa.
—¡Hombre! Yo no creo que le he ofendido a usted en nada—exclamó Chamizo.
—No me ha ofendido este falso hermano. ¿Cómo me va a ofender él a mí? ¡El a mí! Imposible. ¡A mí, iniciado en los misterios de Eleusis, en los misterios de Isis! No, González, no me puede ofender un Chamizo. No, González. Un Chamizo no me puede ofender. Yo soy caballero de la Orden de la Apocalipsis, gran maestre de la del Diamante, venerable de los Invisibles, caballero del León y de la Serpiente. Yo pertenezco al rito de los Perfectos iniciados de Egipto, a la Sociedad Alpha y Omega, a la Orden de la Medusa y de Melusina, a los caballeros de la Pura Verdad y de la Manzana Verde. Yo soy del rito sofisiano, del Escorpión Azul, del Cocodrilo Rosa, de la Serpiente Blanca; soy de los adoradores de Mitra, de los caballeros de Astarté, de los Magos de la torre astronómica de Babilonia, de los elegidos de Hiram y de la desembocadura del Nilo. ¿Y me pregunta si me ha ofendido, González? No. González, no. La gente vulgar no me puede ofender.
—Está bien. Me está usted molestando con sus tonterías. ¡Váyase usted!
—¿Me echa?