—Sí: váyase usted.
—Yo soy un sublime perfecto—exclamó el comadrón, irguiéndose sobre las puntas de los pies.
—A mí me parece usted un perfecto majadero. ¡A la calle!
—¿A la calle? ¡Me dice a mí a la calle, González!
—Sí; le digo a usted, a la calle.
—Me vengaré, González. Me vengaré—gritó el señor Bordoncillo—. Blandiré la gleba y la palanca. Yo tomaré el compás y administraré justicia. ¡Tiemble usted, señor Chamizo! ¡Tiemble usted! Tengo en mis manos las fuerzas ocultas de la Naturaleza...
Mientras el señor Bordoncillo seguía diciendo fantasías, Chamizo les fué llevando a él y a su secretario por el corredor de la casa de doña Puri hasta la puerta de la escalera; abrió y les echó fuera.
Cuando Chamizo le vió por primera vez a Aviraneta, le dijo que no le mandara gente como el comadrón-teósofo, porque alborotaba toda la casa y le desacreditaba.
—¡Pero, hombre, un personaje tan pintoresco! Yo creí que le divertiría a usted.
Aviraneta se rió mucho cuando le contó lo ocurrido y prometió no enviarle ningún otro personaje por el estilo.