Se decidió que yo fuera a Madrid con Errazu y con Aviraneta. Por aquel tiempo había estallado con un ímpetu atroz el cólera morbo asiático y hecho estragos en París, Burdeos y en toda Francia. Si usted ha leído esa novela de Eugenio Sué titulada los Misterios de París, novela absurda, cínica, inmoral y de pésima literatura, habrá usted visto allá una descripción de los horrores del cólera.
Por entonces, en la frontera de España se hallaba establecido el cordón sanitario, y a los viajeros que intentaban entrar en la Península se les obligaba a una cuarentena rigurosa en el lazareto establecido en el puente del Bidasoa.
Salimos de Bayona en compañía de Errazu y de su criado, y, al llegar a San Juan de Luz, Aviraneta dispuso que nos embarcáramos en una escampavía, en el puerto de Socoa, y nos dirigiéramos a San Sebastián. Fuimos en la barca nosotros cuatro y un señor enfermo que viajaba con su mujer y su sobrino. Este señor, don Narciso Ruiz de Herrera, había sido embajador en Roma. Le acompañaba su mujer, doña Celia, que por la edad podía ser su hija, y el sobrino de don Narciso, un capitán de caballería, Francisco Ruiz de Gamboa, a quien luego llamamos siempre Paquito Gamboa.
Llegamos a San Sebastián, ingresamos en el lazareto, fuera de la muralla, en el cual no había nadie, pasamos unos días muy divertidos, y, concluída la cuarentena, entramos en la ciudad.
El señor Errazu fué llamado a Irún por sus parientes, y como Aviraneta tenía prisa para ir a Madrid, tomamos los dos la diligencia.
Aviraneta aseguraba que su propósito en la corte era hacer gestiones para reingresar en el ejército; yo me figuraba si tendría otros planes revolucionarios.
Llegamos a la corte; don Eugenio fué a vivir a casa de su hermana, a la calle del Lobo, y yo, a una de huéspedes de la calle de Cervantes.
Al llegar a Madrid fuí a visitar a don Sebastián Miñano, que me proporcionó varias cartas de recomendación para personas influyentes, y no encontré más que un trabajo mezquino de traducciones de noveluchas francesas del vizconde de Arlincourt y de otros autores por el estilo.
Mientrastanto, Aviraneta subvenía a mis necesidades, y yo, la verdad, me encontraba a mis anchas. Madrid, pueblo que no conocía, era un lugarón destartalado y feo, pero muy pintoresco y divertido. Iba a los cafés, recorría los puestos de libros viejos, hablaba en los corrillos de la Puerta del Sol y de San Felipe, me enteraba de una porción de cosas que ignoraba. Toda aquella gente, la que más bullía tenía su misterio en la política y algo que ocultar. Quién había servido al rey José, quién había estado en América de traidor contra España; otros podían dividir su vida en un período absolutista y otro liberal. Aquello era un Carnaval. En ningún sitio podía aplicarse mejor la frase de Goya, un pintor sordo que conocí aquí en Burdeos, que hizo una estampa de gente con careta, y puso al pie la leyenda: «Nadie se conoce».
Había por entonces una gran inseguridad en el origen de la mayoría de las personas conocidas; daba la impresión de que no se podía rascar mucho en la vida de la gente sin encontrar algo feo.