Todo el mundo era pretendiente a un destino, a un estanco, a una pensión, y por cada destino había cientos que lo solicitaban; se llamaba en broma a algunos aspirantes a pretendientes.
Yo también era aspirante, pues aunque don Eugenio seguía costeándome los gastos, quería independizarme lo más pronto posible.
En esto el padre Chamizo sintió que la nube de sueño que le venía encima era cada vez mayor, y balbuceó:
—Mi querido... señor Leguía... Creo la verdad, que he bebido demasiado...; tome usted el cuadernito éste, donde están mis notas... y haga usted lo que quiera con él... Me lo devuelve... o no me lo devuelve... Ahora me voy a dormir... porque no puedo más.
Leguía llamó al camarero y le mostró a Chamizo, que dormía.
—¿Qué se puede hacer con él?—le preguntó.
—Se le puede subir al hotel y echarle en la cama.
—Eso es. Muy bien.